Gustavo Altuna, titular de SG2 Consultores, analiza cómo podría influir sobre las cuencas y la infraestructura petrolera.
El fenómeno de El Niño vuelve a colocar la variabilidad climática en el centro de la agenda ambiental y productiva. Los pronósticos internacionales anticipan un evento de gran intensidad, aunque sus consecuencias no serán iguales en todos los territorios ni pueden predecirse con absoluta certeza.
En una región extensa y diversa como Vaca Muerta, las condiciones cambian considerablemente entre la cordillera, las cuencas de los ríos Neuquén y Colorado y las zonas áridas de la meseta donde se concentra buena parte de la actividad hidrocarburífera.
Para comprender los posibles impactos y conocer cuáles deberían ser las prioridades de prevención, Energía Patagonia conversó con Gustavo Altuna, titular de SG2 Consultores y especialista en gestión y evaluación ambiental.
¿Qué efectos de El Niño podrían sentirse en Vaca Muerta y cómo pueden cambiar según cada lugar?
Este año se habla mucho de un “Súper Niño” y, en este caso, el término está bien utilizado. No es una categoría oficial, pero suele emplearse para describir eventos de gran intensidad.
Según la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos, NOAA, existe una probabilidad muy elevada de que el fenómeno alcance una intensidad excepcional durante el último trimestre del año. La propia institución aclara que esto incrementa las probabilidades de observar impactos asociados con El Niño, pero no significa que necesariamente vayan a producirse de la misma manera en todas partes.
Que sea un evento “súper” no quiere decir que todo será extremo en cada punto del territorio. Desde SG2 trabajamos con esa lógica: analizamos escenarios posibles y niveles de riesgo, no certezas absolutas.
En nuestra región, uno de los lugares donde El Niño puede manifestarse con mayor claridad es la cordillera. Los investigadores del IANIGLA-CONICET vienen mostrando desde hace años que los períodos de El Niño suelen estar relacionados con mayores nevadas y, posteriormente, con un aumento de los caudales durante el deshielo.
Esto tiene una relación directa con Vaca Muerta porque los ríos Neuquén y Colorado nacen en la cordillera y atraviesan zonas vinculadas con la actividad productiva.
En la meseta, donde se encuentran muchos de los pozos e instalaciones, el escenario es diferente. Allí pueden producirse tormentas intensas sobre suelos secos, con escasa vegetación y poca capacidad de absorción. Por eso no existe una única respuesta: no enfrenta los mismos riesgos una locación ubicada en plena meseta que una instalación situada cerca de un río, un mallín o un cauce temporal.
Si aumentan las lluvias o crecen los ríos, ¿qué riesgos ambientales pueden aparecer?
En una zona árida como la nuestra, muchas veces el problema no está en la cantidad total de lluvia acumulada durante el año, sino en cuánto llueve en un período muy corto. Una tormenta de una hora puede causar más daños que un mes completo de precipitaciones suaves.
Cuando cae una gran cantidad de agua sobre un suelo seco y con poca cobertura vegetal, el escurrimiento es muy rápido. El agua arrastra tierra, genera erosión, abre cárcavas y puede transformar en verdaderos torrentes a cañadones que permanecen secos durante la mayor parte del año.
¿Qué deberían tener en cuenta las empresas y el Estado frente a este escenario?
Lo primero es revisar los criterios utilizados para diseñar la infraestructura. El complejo Cerros Colorados es un buen ejemplo: fue concebido en la década de 1970 para regular las grandes crecidas conocidas del río Neuquén. Sin embargo, la experiencia reciente demuestra que los máximos históricos no deben considerarse límites inamovibles.
Si esta revisión resulta necesaria para una obra de gran escala, también debemos preguntarnos qué sucede con una alcantarilla, un camino, un terraplén o una pileta dimensionados únicamente a partir de valores promedio.
Ante un evento intenso de El Niño, es oportuno revisar si los diseños, las capacidades de drenaje y las medidas de contención continúan siendo suficientes frente a las condiciones actuales.
El segundo aspecto es observar la cuenca de manera integral. Cada empresa conoce detalladamente su área de operación, pero el agua no reconoce los límites administrativos ni los límites de una concesión. Lo que sucede aguas arriba puede afectar instalaciones y comunidades ubicadas muchos kilómetros más abajo.
En ese punto, el Estado tiene un papel fundamental para aportar una mirada de conjunto, ordenar el territorio y evitar la ocupación de cauces naturales, cañadones o sectores expuestos a inundaciones.
La tercera prioridad es la preparación ante emergencias. Un plan de contingencia debe contemplar, por ejemplo, qué ocurre si un camino queda interrumpido y los equipos no pueden llegar hasta una instalación.
También es necesario incorporar las alertas del Servicio Meteorológico Nacional y de la Autoridad Interjurisdiccional de las Cuencas de los ríos Limay, Neuquén y Negro en las decisiones operativas cotidianas. La información meteorológica e hidrológica debe traducirse en acciones concretas antes de que ocurra el evento.

Desde la experiencia de SG2 Consultores, ¿qué medidas convendría priorizar?
Si tuviera que seleccionar tres acciones inmediatas para esta temporada, la primera sería recorrer y revisar los sistemas de drenaje y los cruces de ductos con cauces antes de la llegada de las lluvias más intensas y del período de deshielo.
La segunda sería verificar que las piletas, los recintos de contención y los sitios de acopio cuenten con capacidad disponible suficiente para responder ante una precipitación extraordinaria.
La tercera consistiría en identificar y controlar los pasivos ambientales ubicados en zonas bajas, cañadones o sectores cercanos al agua. Esos materiales son los primeros que pueden movilizarse frente a una lluvia intensa o una crecida.
En materia de monitoreo, necesitamos ampliar la cantidad de pluviómetros dentro del área productiva. Actualmente existen pocos equipos para una superficie de actividad tan extensa. Contar con información local permitiría conocer con mayor precisión dónde llovió, cuánto llovió y cómo respondió cada sector.
También es importante realizar muestreos de agua después de las precipitaciones significativas, porque es en esos momentos cuando pueden detectarse el arrastre de sedimentos y otros impactos que no necesariamente aparecen durante los controles efectuados en condiciones normales.
Prepararse para la sequía y para el exceso de agua
Para Altuna, el desafío de fondo consiste en abandonar una planificación basada exclusivamente en promedios históricos y comenzar a trabajar con escenarios más variables.
“Hace muy poco estábamos hablando de sequía y de ríos bajos. Ahora analizamos un evento intenso de El Niño y la posibilidad de un exceso de agua. La experiencia nos demuestra que los máximos históricos no son un techo fijo”, señala.
La actividad en Vaca Muerta se desarrolla en un territorio árido, pero atravesado por importantes cuencas y expuesto a tormentas que pueden concentrar grandes volúmenes de agua en períodos muy breves. Esa combinación exige observar cada instalación dentro del ambiente y de la cuenca a la que pertenece.
“Una buena gestión ambiental tiene que actualizar permanentemente sus datos, revisar sus parámetros de diseño y estar preparada para funcionar en ambos extremos: tanto ante la escasez como frente al exceso de agua”, concluye el titular de SG2 Consultores.
Por Pablo González
PG Marketing y Comunicación
Columnista en Energía Patagonia
Entrevistado Lic. Gustavo Altuna
Socio Gerente de SG2 Consultores Medioambientales