El desafío técnico y ambiental que enfrenta Vaca Muerta

Capacitación, ambiente y gestión aparecen como variables centrales para sostener el desarrollo.


Gustavo no habla de energía desde un escritorio. Su trayectoria se construyó en el cruce entre la gestión ambiental y la industria energética, con la Cuenca Neuquina como territorio permanente de trabajo y referencia. Hoy lidera SG2 Consultores y dirige la Diplomatura en Energías Renovables de la Universidad Blas Pascal, dos roles que, lejos de ser paralelos, se alimentan mutuamente. Cuando se le pregunta por su camino de formación, la respuesta tiene la precisión de quien aprendió en el campo antes que en el aula.

“Mi desarrollo profesional fue una evolución constante, nunca lineal”, explica. “Liderar SG2 me enseñó temprano que en la industria energética no hay margen para la improvisación. Cada decisión tiene consecuencias técnicas y ambientales que se superponen, y eso obliga a una actualización permanente.” Para él, la capacitación continua no es un mérito que se acumula en el currículum: es una herramienta de gestión de riesgos. “En un sector donde la normativa —como la Ley Provincial 1875— y las tecnologías de transición evolucionan a una velocidad sin precedentes, mantenerse actualizado es la única forma de garantizar viabilidad a largo plazo.”

Ese convencimiento es, precisamente, el origen de su vínculo con la Universidad Blas Pascal. “Mi rol como director de la Diplomatura nace de querer devolver al sistema profesional la rigurosidad que el campo nos exige día a día. No es una decisión académica en sentido tradicional; es una decisión estratégica.”

La conversación se traslada naturalmente hacia Vaca Muerta y el tipo de profesional que la región necesita. Las exigencias ambientales dentro de la industria son crecientes, y la brecha entre lo que el mercado demanda y lo que la formación local ofrece sigue siendo un tema pendiente.

“Vaca Muerta no demanda mano de obra genérica: demanda talento especializado”, afirma con énfasis. “El crecimiento exponencial de la región necesita profesionales que comprendan que productividad y protección ambiental no son variables en tensión, sino dos caras de la misma moneda.” El riesgo, advierte, no es solo ambiental: es económico y legal. “No podemos permitir que el desarrollo se frene —o peor, que genere pasivos irreversibles— por falta de pericia técnica en la gestión de residuos, en el monitoreo de efluentes o en la implementación de energías de respaldo.”

Lo que está en juego, según su visión, es el salto cualitativo que la industria todavía tiene pendiente: pasar del cumplimiento formal a la excelencia operativa. “El capital humano capacitado es el que permite minimizar riesgos legales, optimizar la huella de carbono y construir la licencia social que hoy el mercado internacional exige como condición de acceso al financiamiento. Eso no se improvisa: se forma.”

La Diplomatura en Energías Renovables de la Universidad Blas Pascal apunta exactamente a ese espacio. Cuando se le pide que describa a quién está dirigida, la respuesta revela una lectura clara del déficit profesional que existe en el sector.

“Convocamos a ingenieros, consultores ambientales y tomadores de decisiones que necesitan herramientas concretas, no teoría abstracta”, precisa. El programa trabaja sobre el marco regulatorio de la Ley 27.424 de Generación Distribuida, eficiencia energética y el diseño técnico-económico de proyectos renovables. Pero el foco, insiste, está en algo más específico: “Buscamos formar profesionales capaces de hablar simultáneamente el lenguaje de la inversión y el de la factibilidad técnica y ambiental.”

Esa dualidad no es un detalle menor. “Hoy la industria tiene una brecha concreta: decisores que entienden de negocios pero desconocen la variable ambiental, y técnicos que dominan el campo pero no logran traducirlo en términos financieros. La Diplomatura existe para cerrar exactamente esa brecha.”

Hacia el final de la conversación, el tema se amplía hacia una pregunta más estructural: el lugar que ocupa la educación y la conciencia ambiental en el debate energético. En un contexto donde la discusión pública gira casi exclusivamente alrededor de inversiones, infraestructura y barriles, Gustavo considera que hay una variable sistemáticamente ausente.

“Se habla mucho de fierros y dólares, pero se subestima que ninguno de esos activos es sostenible sin conciencia ambiental incorporada desde la formación”, sostiene. La licencia social y la licencia ambiental, argumenta, no pueden seguir siendo trámites que se gestionan al final del proceso. “Tienen que estar en el ADN profesional desde el inicio. No como un requisito regulatorio, sino como una convicción operativa.”

Su mirada sobre el futuro de la industria es clara y, en cierta medida, exigente. “En los próximos años, la industria energética no será evaluada únicamente por su volumen de producción, sino por su capacidad de integrarse al ecosistema sin destruirlo, y de reportar esa integración con estándares internacionales creíbles.” En ese escenario, la educación deja de ser un gasto y se convierte en infraestructura estratégica. “Si aspiramos a convertirnos en un hub energético global —y tenemos los recursos para serlo— el conocimiento tiene que ser tan valioso como el gas o el petróleo que tenemos bajo el suelo.”


Por Pablo González

PG Marketing y Comunicación
Columnista en Energía Patagonia

Entrevistado Lic. Gustavo Altuna
Socio Gerente de SG2 Consultores Medioambientales


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